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No desconectar nunca: el nuevo problema silencioso

Si has tenido la suerte de estar leyendo este blog justo cuando se publica, probablemente vienes de estar de vacaciones. Bien merecidas, seguro.


Unos días que, en teoría, sirven para desconectar, salir de la rutina, descansar… disfrutar.


Pero, ¿de verdad desconectamos?


Vivimos en un mundo en el que estamos haciendo cosas constantemente: trabajo, familia, amigos, ocio... Y, casi sin darnos cuenta, entramos en una dinámica en la que siempre parece haber algo más que hacer, algo más que ver, algo más que experimentar.


“Mira, he visto en este reel de Instagram un restaurante al que tenemos que ir."

“¿Has visto este sitio? Lo han subido a stories, tenemos que probarlo.”


Y así, poco a poco, incluso el descanso se llena.


Estamos en todos lados y, al mismo tiempo, en ninguno.


Intentamos desconectar de la rutina, pero convertimos ese tiempo en otra especie de exigencia: aprovecharlo al máximo, hacer que merezca la pena.


Sin darnos cuenta, dejamos de estar donde estamos.


Vivimos enfocados en lo siguiente: el próximo plan, el próximo viaje, el próximo sitio que “no nos podemos perder”. Y mientras tanto, lo que está pasando ahora queda en segundo plano.


Todo se convierte en una especie de checklist invisible. Lugares a los que ir, cosas que probar, experiencias que tachar.


Pero desconectar no es hacer más cosas distintas. A veces, desconectar es justo lo contrario: dejar de buscar, dejar de comparar, dejar de medir si lo estamos aprovechando lo suficiente.


Porque cuando todo tiene que ser especial, nada termina siéndolo del todo ¿no crees?


Quizá desconectar no tenga tanto que ver con irnos lejos, sino con volver aunque sea por un rato, a donde ya estamos.

Y, a veces, eso no es tan fácil como parece.


Porque muchas personas sienten que, incluso cuando paran, la cabeza sigue en marcha. Que el cuerpo quizá descansa, pero la mente no. Que siempre hay algo pendiente, algo que anticipar.


En terapia trabajamos precisamente eso: aprender a parar sin culpa, sin exigencia, a salir de esa inercia del "tener que hacer" que acaba agotando más de lo que parece.


No se trata de hacerlo perfecto, ni de “desconectar bien”. Se trata, poco a poco, de poder estar un poco más presentes en nuestra propia vida.

 
 
 

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